Estamos al filo de la medianoche. Comienzan a llegar carros de todas partes de la ciudad, pequeños pero de gran potencia. En la calle sube el nivel de ruido en una combinación excitante de rugir de motores y los retumbantes bajos de los equipos de sonido de los que alardean sus dueños. Se va despejando la calle para dar comienzo a una competencia peligrosa, y por tanto, retadora y al margen de la ley. Son los piques callejeros.
Desde hace más de 20 años se vienen realizando estas competencias callejeras en las principales ciudades del país. Hoy día se encuentran en la misma calle a “pilotos” cuyas edades están entre los 18 y 45 años, juventud y experiencia. Todos quieren presentar sus autos ante un público impaciente por ver dos bólidos luchar por un triunfo que quedará allí mismo en las calles, en las anécdotas y cuentos de quienes lo vieron “con estos mismos ojos” y que en sus sueños de comentaristas deportivos, fue una “lucha a sangre y fuego”.
Pero sucede lo que todos saben que puede ocurrir. Uno de los autos pierde el control, los frenos fallan y todo ese lujo de cauchos, carrocerías de colores impactantes y sonido de motor ensordecedor va a finalizar con destrozos que dejan a todos con un nudo en la garganta. ¿Sobrevivirá al choque? Afortunadamente esta vez sólo fue un susto para todos y una amarga noche para el bolsillo del piloto.
Hasta aquí llega el romanticismo de una gesta deportiva que busca emular los juegos de video o las películas que han vuelto a nuestros jóvenes “rápidos y furiosos”. La realidad llega antes que la policía y no queda más que esperar la siguiente noche para volver a “picar”. Pero, ¿deberían volver?
Al igual que los autos, muchos ciudadanos también hacen ruido para que las autoridades paren esta práctica ilegal y peligrosa, que pone en riesgo a personas inocentes, incluso contrarias a estas competencias.
No basta que en las calles los “pilotos” usen cinturón de seguridad, cascos, ropa y calzado adecuados. Las calles, avenidas o autopistas no son para estas competencias. La seguridad se puede conseguir en espacios destinados especialmente para que corra por las venas la adrenalina callejera al igual que el combustible por los sistemas de inyección de los autos. Allí saldrán autos y corazones al mismo tiempo, con la seguridad de que ambos llegarán de nuevo.
De todos los gladiadores urbanos, noctámbulos y con las “botas puestas”, está la partida a una competencia que nació en las calles pero que no quiere morir allí. Las pistas de Drag Way son la tierra prometida. Allí parece que la cordura, el deporte y la sobriedad, son los compañeros de los pilotos.
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